miércoles, noviembre 22, 2017
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Mensaje especial del Dr. Tim Hill, supervisor general de la Iglesia de Dios

pastor marzo 26, 2017 Noticias Comentarios desactivados en Mensaje especial del Dr. Tim Hill, supervisor general de la Iglesia de Dios
La Iglesia de Dios es una denominación fortalecida por el Espíritu, rica en historia y patrimonio. Desde su humilde origen en el 1886 y su posterior expansión como movimiento global, ha criado a muchos hijos e hijas espirituales.
Cuando yo tenía 17 años, la Iglesia de Dios me recibió como ministro del evangelio, dándome una plataforma desde la cual he lanzado y cumplido miles de sueños vez tras vez. La Iglesia de Dios le predicó el evangelio a mi padre, quien, a su vez, me enseñó a honrar sus doctrinas bíblicas y atenerme a sus principios de vida. He hecho amistad con muchas denominaciones maravillosas y admiradas alrededor del mundo; pero, cuando pienso en mi hogar, mi corazón regresa a la Iglesia de Dios, sus canciones y sermones; sus campamentos y convenciones; sus llamados y filas de oración; sus evangelistas fervorosos y pastores distinguidos; sus líderes «gigantes». Pero, sobre todo, estimo sus valores fundamentales, como la oración y proclamación de la Palabra de Dios, bajo el Espíritu y poder de Pentecostés.
No se equivoque . . . Siempre hemos caminado de la mano, pero no siempre hemos estado de acuerdo. La Iglesia me ha honrado a lo largo de mi vida y en ocasiones, ha corregido mi rumbo. Me ha elogiado y afirmado en demasía, pero siempre con la misma dosis de consejos y advertencias. Me he regocijado en sus triunfos y llorado por sus debilidades. No está exenta de lucha ni absuelta de crítica, pero se ha guardado para lo que debería ser su mejor momento, con más de siete millones de miembros y simpatizantes a través de ciento ochenta y tres naciones.
La Iglesia me encontró en mi niñez, me alimentó en mi juventud y me ha acompañado en la adultez. Por todo esto, estoy agradecido.
Sin embargo, déjeme decirle. Soy el primero que reconoce que mientras este organismo llamado «iglesia» esté vivo, estará en riesgo de enfermarse. No es difícil darse cuenta porque la visión se empaña y los presupuestos se inflan. La audición se pierde y surgen obstáculos para la cosecha. La evangelización se marchita y el avivamiento se estanca, el sangrado lento y constante minan sus fuerzas y eficacia. Entonces, la oración se presta para la manipulación, la dedicación cede a otros intereses y la pasión evangelista sucumbe ante la fiebre baja de programas desanimados y apáticos. Pronto, como le sucedió a la iglesia de Laodicea descrita en el capítulo 3 de Apocalipsis, Jesús se encuentra tocando a la puerta y llamando que le abran. Es ahí cuando nos creemos ricos, sin darnos cuenta de que somos miserables, pobres y ciegos. En resumen, la Iglesia en general, y como sabemos, están enferma y en picada en la mayoría de América.
Cuando uno acude al médico, por las razones que sean, el análisis y el diagnóstico toma en cuenta dos cosas. Estas son el sistema y la estructura. Todo lo que esté mal o bien caerá bajo una de esas categorías. La estructura tiene que ver con el marco que sostiene a los sistemas. En ocasiones raras, la estructura de una persona (su esqueleto) puede ser sólida, pero el sistema está contaminado. Lo curiosos es que un sistema enfermo o débil puede deteriorarse dentro de la misma estructura que debía de mantenerla saludable.
Los sistemas suelen enfermarse porque agentes externos invaden la estructura de salud y movilidad. Una mala alimentación, el ingerir alcohol, el fumar, usar sustancias controladas, la promiscuidad y otras cosas contaminan y envenenan el sistema. Esto conduce a la miseria y hasta la disminución de la vida. Tenga en cuenta que el esqueleto también, está sujeto a dolores, roturas, ajustes y hasta reemplazos. Pero, en la mayoría de los casos, el problema radica en el malfuncionamiento de los sistemas debido a agentes externos o una invasión.
A veces, el sistema se enferma debido a que otra persona tose o estornuda sus gérmenes, contagiándole a través del aire. Un sistema puede enfermarse debido al abuso, mal uso o sobreexposición a elementos que de por sí no son nocivos. Todos necesitamos el sol, la lluvia, el frío y el calor a su tiempo, pero un error de juicio pudiera causar daño. Los antibióticos fueron diseñados para defender en contra de, e incluso matar la infección; sin embargo, por algo son recetados por un «tiempo». Quizás, el diagnóstico más difícil e incluso trágico, es que se descubra que la enfermedad se debe a un defecto interno, lo cual requerirá una intervención y hasta la extirpación del área afectada. Los sistemas del cuerpo humano quizás sean fáciles de definir y supervisar, pero no así con el llamado «sistema» de una organización.
En lo que se refiere a la Iglesia, desde que comencé en el ministerio a los diecisiete años de edad, he estado escuchado de ese «sistema». La verdad es que no creo que nadie sabe qué es. Una vez me dijeron que no podía ser el director de la juventud del estado porque no era parte del «sistema». Hubo un supervisor estatal que me negó acceso a una iglesia porque yo no estaba dentro de ese «bloque». Aparte de la autoridad del supervisor, la verdad es que en ninguna parte de las Minutas de la Asamblea General se prohibía que hiciera esas cosas, pero era el «sistema». Incluso, como pastor de una iglesia fuerte y más adelante, supervisor estatal y líder regional, me toparía con lo que todo el mundo conocía y llamaba «sistema».
Ahora, como supervisor general de la Iglesia de Dios, le aseguro que no he encontrado algo tangible, acurrucado en algún rincón de Cleveland, Tennessee, y decir: «Ajá, ahí está… el Sistema». No hay una carpeta titulada «Sistema». No tiene un estacionamiento, escritorio o secretaria. Pero, sería un tonto si negara su existencia. Claro que existe. Invisible… pero presente. No tiene manos… pero tiene garras. No tiene pies … pero créanme que se mueve de un lado para otro.
No obstante, sepa, además, que, eso que llamamos «sistema» no es exclusivo ni leal a la denominación. Lo he encontrado en cada cadena televisiva en donde me he presentado. ¿Y qué de esos lugares y convenciones de música góspel por donde me he movido por años? Sí, hay un «sistema». Y créame, que cuando asisto a predicar a reuniones entre denominaciones o independientes… exacto, encuentro un «sistema» … a veces es bien intencionado, pero igualmente defectuoso, inadecuado y parcial a sus creadores. Están por dondequiera.
En Juan, capítulo 17, versículo 15, Jesús reconoce un «sistema» y ora al Padre para que, de alguna manera, ayudar a los discípulos a «estar», pero no «ser» parte de éste. Y creo que debemos de asumir esa postura. Su existencia por dondequiera no le sorprende, sacude ni asusta a Dios. Me imagino que algunos son buenos y otros malos, y que su opinión dependerá de cómo le hayan afectado.
A veces, los sistemas surgen de la nada. Existen, a veces por accidente. Aunque lo reconozco, he decidido no concentrarme en ello. Prefiero dedicarme a trabajar dentro de estructuras viables, funcionales y honorables que controlen a esos sistemas, llamándolos a cuenta, sean reales o imaginarios.
La Iglesia de Dios tiene una estructura sólida. ¿Es perfecta? Por supuesto que no. El hecho de que cada dos años celebremos una asamblea general confirma que ninguno de nosotros cree en su perfección. Sin embargo, debemos estar dispuestos a confrontar sus deficiencias y ajustarla para que completemos la Gran Comisión. Tenemos que admitir nuestras necesidades y, acto seguido, venir a la mesa y quedarnos haciendo los ajustes, cuantas veces sea necesario. Debemos respetarnos mutuamente. Debemos darles espacio a las voces de hombres y mujeres de las generaciones pasadas, presentes y futuras. Mientras que, por un lado, nos preguntamos, «¿qué le pasa a la Iglesia?», por el otro debemos celebrar lo que hace bien y dejar que afecte a nuestra cultura. Sobre todo, no debemos perder lo que nos distingue como pentecostales. Creo que hay remedio para nuestros retos «sistémicos», sean visibles o invisibles, siempre y cuando nuestra estructura sea sólida y fuerte.
Nuestra estructura debe ser lo suficientemente fuerte como para:
* Guardarnos de «compararnos los unos con los otros», según 2 Corintios 10: 12;
* Tomar en cuenta las tendencias, pero no seguir las modas y luego, trazar un curso claro que honre a Dios y expanda el Reino;
* Honrar la herencia y guardar los distintivos bíblicos, siempre examinando las tradiciones a la luz de la Palabra de Dios para determinar que debe quedarse o irse;
* Y mucho, mucho más…
Pero, por ahora:
Mantenga la mirada en Jesús, en lugar del sistema. Guarde su integridad, cuide sus amistades y ore sin cesar.
Quisiera decirle más cosas, pero termino con lo siguiente:
Nunca olvidaré aquella vez en que, mientras jugaba a Superman, salté de lo alto del balcón y me rompí el brazo derecho. Hice pedazos una de las partes más esenciales de mi estructura. Siempre he apreciado el que mis padres me llevaran a un médico, quien tomó una decisión por la que siempre le he estado agradecido. Éste decidió reparar el brazo, en lugar de amputarlo. Entendió que un brazo ajustado y reparado sería muy valioso para mi cuerpo. Ni mi padre ni mi madre se rieron de que hubiera dado un salto al vacío. Por el contrario, buscaron ayuda y atendieron el problema; repararon mi estructura. Todavía estoy usando mi brazo.
Hoy, voy a usarlo para dar un abrazo, no un empujón.
Espero que sigamos juntos, brazo a brazo, corriendo hasta la meta FINAL.

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